La inquietud era algo más que un arma de juguete, era un empujón que la vida le daba casi siempre los viernes.
Ella amaba los viernes porque su mente a esa altura de la calle Paraguay era un tragamonedas ganador, y la invadía esa sensación de mirar todo nuevamente, de mirar todo bien adentro. La iniquietaba el extravío de todas las personas al caminar ya por Callao, le encantaba la venida del sol y la sombra, tan pronunciados ellos.
Olía el olor de mezcla de la ciudad con árboles de pocos aromas. El que se forma en una espera, y en un hombre que no llega a tiempo y corre. El de la mujer que acaba de hablarle a la vida, y el perfume también del nervioso.
Compraba los libros que ya se han leído antes de abrir en la primera hoja, los libros de aromas tentadores e imágenes que se ven más allá de la vista. Que merecen ser descontados, y escarbados, y probablemente reconstruidos.
Al cruzar, pensaba en algunos viernes pasados donde esperaba una llamada del cuatrocuatroseis y algo más que ya, dice, no recuerda. Se alegra de saber discriminar sus olvidos y lo que queda en un bolsillo que parecía vacío.
Ahora, espera el colectivo. Ahora,espera otras cosas.
7.26.2006
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