Hay días en que no recordamos su nombre: entonces preguntamos cómo era el nombre de aquel chico que se nos apareció la noche en que cumplías 23 años. Tardamos en precisarlo, decimos no sé, no me acuerdo y un par de cosas más.
Pero hoy es distinto. Hoy pensé: Roque. Un chico mágico de esos que no se conocen todas las noches. Roque apareció en una fiesta de esas que se celebran en un departamento minúsculo de un actor desconocido con diferentes celebridades nunca descubiertas y gente de ese mundo que no era el nuestro.
Había demasiado humo, sillones en el suelo, botellas que no tenían nada y chicas vestidas de manera súper informal y cómoda. Nosotras, las nuevas, las desconocidas, atinamos a sentarnos en un costado y observar. En seguida llegó Roque. El simple Roque.
También estaba solo y no sé cómo empezamos a tomar del mismo vaso y contarnos nuestras presunciones más íntimas. Nosotras lo escuchábamos y nos reíamos a la par. Fue bello como lo son las cosas que acontecen con los artistas. Roque tocaba el piano y estudiaba en un Conservatorio de la ciudad.
En un momento, después de bailar mínimamente con Roque y toda la multitud, el sonido cesó. Algo se había roto, había terminado. Definimos irnos y en ese caminar nos daba pena dejar a Roque por allí, solo, a esas horas. Lo alojamos en nuestro taxi y todos fuimos hacia cualquier lugar.
Si les hablo de Roque es porque fue ese tipo de personajes que uno se queda con las ganas de conocer más, de escuchar tocar el piano, de tomar un té con. Entonces si alguien lo conoce o algo, le dice a Roque que tiene una amistad disponible, acá, detrás de las letras y las noches.

