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5.28.2011

Roque

Hay días en que no recordamos su nombre: entonces preguntamos cómo era el nombre de aquel chico que se nos apareció la noche en que cumplías 23 años. Tardamos en precisarlo, decimos no sé, no me acuerdo y un par de cosas más.

Pero hoy es distinto. Hoy pensé: Roque. Un chico mágico de esos que no se conocen todas las noches. Roque apareció en una fiesta de esas que se celebran en un departamento minúsculo de un actor desconocido con diferentes celebridades nunca descubiertas y gente de ese mundo que no era el nuestro.

Había demasiado humo, sillones en el suelo, botellas que no tenían nada y chicas vestidas de manera súper informal y cómoda. Nosotras, las nuevas, las desconocidas, atinamos a sentarnos en un costado y observar. En seguida llegó Roque. El simple Roque.

También estaba solo y no sé cómo empezamos a tomar del mismo vaso y contarnos nuestras presunciones más íntimas. Nosotras lo escuchábamos y nos reíamos a la par. Fue bello como lo son las cosas que acontecen con los artistas. Roque tocaba el piano y estudiaba en un Conservatorio de la ciudad.

En un momento, después de bailar mínimamente con Roque y toda la multitud, el sonido cesó. Algo se había roto, había terminado. Definimos irnos y en ese caminar nos daba pena dejar a Roque por allí, solo, a esas horas. Lo alojamos en nuestro taxi y todos fuimos hacia cualquier lugar.

Si les hablo de Roque es porque fue ese tipo de personajes que uno se queda con las ganas de conocer más, de escuchar tocar el piano, de tomar un té con. Entonces si alguien lo conoce o algo, le dice a Roque que tiene una amistad disponible, acá, detrás de las letras y las noches.

5.08.2011

No surprises

No surprises, Radiohead, dijo. Y yo, que no tenía ni idea de música, busqué la canción. Me gustó y entonces andaba por toda la ciudad andando al son. Era como si entonces tuviésemos una unión nueva, valedera. Yo le había dicho Drexler y a él le había gustado también. O era que nos gustaba pensar en que nos gustaban las mismas cosas, al final.

No surprises, Radiohead. Había pasado tiempo pero no intensidad. Le pedí a mi amiga que incorporara la canción a nuestra lista de música Buenos Aires-Frankfurt-Londres. Ella decía que era deprimente. Yo no.

No surprises, Radiohead. Es Bath, la hermosa Bath soleada y fría. Nos recorremos la ciudad juntas. Pero, en un momento, escucho unos acordes. Son ellos: tres amigos cantantes callejeros que entonan la canción con una pandereta y un piano pequeño. La grabo, el video es magnífico. Él nunca lo vió.

No surprises, Radiohead. Vamos en busca de aventuras y playa y mar. Es Recife. Él maneja su auto y yo musicalizo. Sentimos que es el viaje perfecto: el verde nos envuelve, las montañas, las curvas, el sol. Nosotros. Me da su lista de música como quien da lo más preciado: veo entre muchas otras cosas desconocidas, No Surprises, Radiohead. Entonces la canción me obliga y la pongo. Cantamos. Sonrío: él mira la ruta y yo pienso. La canción. Sin sorpresas.

 

5.07.2011

Buenos Aires, Octubre 2010

Las cosas estaban mal. O raras. Las cosas estaban peligrosas para gente cercana, en el aire había mucha preocupación. Vi a tío en la puerta de un hospital, estacionamos, saludé a todos –las cosas estaban mal- y me fui.

Tenía un sweater gigante azul y unas calzas negras. Tengo la entera sensación que quien se viste así es un turista o alguien que trabaja mucho. Pero en este caso, ni uno, ni lo otro.

Había tanto sol. El día era perfecto pero el aire se sentía raro. Las cosas que nunca habían pasado, pasaban y una no sabe bien qué hacer ante eso.  Recorrí la ciudad hasta Aeroparque. El taxista me preguntó si me estaba yendo a Bariloche y entonces sentí que mi forma de vestir encajaba con mis propias percepciones sobre la cuestión.

Entonces llegué. Con calor, con miedo, con nervios terribles y violentos. Yo creo que temblaba porque estaba en una encrucijada: recibir a la persona que más había esperado en un aeropuerto mientras mi mente flotaba sobre ese hospital. Y entonces lo vi.

Buenos Aires, Octubre 2010: él llega por primera vez a la ciudad que es mi casa y nos reencontramos después de más de un año. Él tiene una sonrisa enorme y pienso que yo, detrás de todo ese sweater y clima raro, después de todo eso, también. Nos abrazamos. Después de París, Edimburgo, Cambridge, somos nosotros. Sólo somos nosotros y Buenos Aires.

A veces siento que podría contar mi vida en ciudades. Y que, entonces, es eso lo que me hace seguir yéndome, y seguir conociendo este mundo. Eso es lo que me impulsa. Mi vida son las ciudades y la gente con la que las hago. Y él. Porque las ciudades existen porque alguien las hace y las recuerda y las cuenta.  Y yo hago mi propio mundo así y me siento viva, constructora, enorme. Y él, yo sé que él también hace lo mismo. Porque alguna vez lo hicimos juntos y fue hermoso.

 

5.05.2011

Olinda

Él no recordaba mi nombre. Por eso me habló. Y no dijo nada más. Pero no había silencio, el ambiente estaba lleno de gritos y tambores y música feliz –o que recuerdo tan feliz- en la ciudad de Olinda.

Si alguna vez una niña como yo tendría que recrear la perfecta historia de una chica que conoce un chico y viceversa, de seguro elegiría Olinda. Olinda es un lugar especial: las calles adoquinadas cubren una ciudad llena de recovecos, historias y pasados. Las calles bajan y suben a cada momento. Si digo que es una montaña rusa quizás no me equivoque tanto.

Y ahí estaba él. Que no recordaba mi nombre. Con sus anteojos negros bellos y unas bermudas cancheras. André. Yo sí sabía su nombre porque André me hace pensar en André Bretton y bla bla tendiendo a algo positivo.

André agarró mi mano como sólo saben hacer los brasileros. La agarro sin decir nada y quizás también ahí debería haberme dado cuenta de algo. La mano. La noche. Olinda. El dragón.

Cuando uno reconstruye memorias es probable que todo sea mejor de lo que fue, más artístico, misterioso y extraño. Todos mis condimentos estaban ahí. André y yo festejando el Carnaval esa noche de calor en Olinda, la hermosa, bailando abajo de un dragón chino que nada tenía que ver con nada junto a mucha gente feliz.

Me acuerdo de eso. La tela roja encima de nosotros, bailando encerrados en un dragón chino. Los gritos de la gente. Yo dejándome fluir, yo fluyendo. Y André ahí, encontrando el mismo camino que el mío, una noche calurosa de blocos en Olinda. De la mano de la alegría, de la mano esa que no te suelta nunca y se llama recuerdo.