Él no recordaba mi nombre. Por eso me habló. Y no dijo nada más. Pero no había silencio, el ambiente estaba lleno de gritos y tambores y música feliz –o que recuerdo tan feliz- en la ciudad de Olinda.
Si alguna vez una niña como yo tendría que recrear la perfecta historia de una chica que conoce un chico y viceversa, de seguro elegiría Olinda. Olinda es un lugar especial: las calles adoquinadas cubren una ciudad llena de recovecos, historias y pasados. Las calles bajan y suben a cada momento. Si digo que es una montaña rusa quizás no me equivoque tanto.
Y ahí estaba él. Que no recordaba mi nombre. Con sus anteojos negros bellos y unas bermudas cancheras. André. Yo sí sabía su nombre porque André me hace pensar en André Bretton y bla bla tendiendo a algo positivo.
André agarró mi mano como sólo saben hacer los brasileros. La agarro sin decir nada y quizás también ahí debería haberme dado cuenta de algo. La mano. La noche. Olinda. El dragón.
Cuando uno reconstruye memorias es probable que todo sea mejor de lo que fue, más artístico, misterioso y extraño. Todos mis condimentos estaban ahí. André y yo festejando el Carnaval esa noche de calor en Olinda, la hermosa, bailando abajo de un dragón chino que nada tenía que ver con nada junto a mucha gente feliz.
Me acuerdo de eso. La tela roja encima de nosotros, bailando encerrados en un dragón chino. Los gritos de la gente. Yo dejándome fluir, yo fluyendo. Y André ahí, encontrando el mismo camino que el mío, una noche calurosa de blocos en Olinda. De la mano de la alegría, de la mano esa que no te suelta nunca y se llama recuerdo.

