No surprises, Radiohead, dijo. Y yo, que no tenía ni idea de música, busqué la canción. Me gustó y entonces andaba por toda la ciudad andando al son. Era como si entonces tuviésemos una unión nueva, valedera. Yo le había dicho Drexler y a él le había gustado también. O era que nos gustaba pensar en que nos gustaban las mismas cosas, al final.
No surprises, Radiohead. Había pasado tiempo pero no intensidad. Le pedí a mi amiga que incorporara la canción a nuestra lista de música Buenos Aires-Frankfurt-Londres. Ella decía que era deprimente. Yo no.
No surprises, Radiohead. Es Bath, la hermosa Bath soleada y fría. Nos recorremos la ciudad juntas. Pero, en un momento, escucho unos acordes. Son ellos: tres amigos cantantes callejeros que entonan la canción con una pandereta y un piano pequeño. La grabo, el video es magnífico. Él nunca lo vió.
No surprises, Radiohead. Vamos en busca de aventuras y playa y mar. Es Recife. Él maneja su auto y yo musicalizo. Sentimos que es el viaje perfecto: el verde nos envuelve, las montañas, las curvas, el sol. Nosotros. Me da su lista de música como quien da lo más preciado: veo entre muchas otras cosas desconocidas, No Surprises, Radiohead. Entonces la canción me obliga y la pongo. Cantamos. Sonrío: él mira la ruta y yo pienso. La canción. Sin sorpresas.

