Las cosas estaban mal. O raras. Las cosas estaban peligrosas para gente cercana, en el aire había mucha preocupación. Vi a tío en la puerta de un hospital, estacionamos, saludé a todos –las cosas estaban mal- y me fui.
Tenía un sweater gigante azul y unas calzas negras. Tengo la entera sensación que quien se viste así es un turista o alguien que trabaja mucho. Pero en este caso, ni uno, ni lo otro.
Había tanto sol. El día era perfecto pero el aire se sentía raro. Las cosas que nunca habían pasado, pasaban y una no sabe bien qué hacer ante eso. Recorrí la ciudad hasta Aeroparque. El taxista me preguntó si me estaba yendo a Bariloche y entonces sentí que mi forma de vestir encajaba con mis propias percepciones sobre la cuestión.
Entonces llegué. Con calor, con miedo, con nervios terribles y violentos. Yo creo que temblaba porque estaba en una encrucijada: recibir a la persona que más había esperado en un aeropuerto mientras mi mente flotaba sobre ese hospital. Y entonces lo vi.
Buenos Aires, Octubre 2010: él llega por primera vez a la ciudad que es mi casa y nos reencontramos después de más de un año. Él tiene una sonrisa enorme y pienso que yo, detrás de todo ese sweater y clima raro, después de todo eso, también. Nos abrazamos. Después de París, Edimburgo, Cambridge, somos nosotros. Sólo somos nosotros y Buenos Aires.
A veces siento que podría contar mi vida en ciudades. Y que, entonces, es eso lo que me hace seguir yéndome, y seguir conociendo este mundo. Eso es lo que me impulsa. Mi vida son las ciudades y la gente con la que las hago. Y él. Porque las ciudades existen porque alguien las hace y las recuerda y las cuenta. Y yo hago mi propio mundo así y me siento viva, constructora, enorme. Y él, yo sé que él también hace lo mismo. Porque alguna vez lo hicimos juntos y fue hermoso.

