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8.23.2009

Nous ne sommes pas au monde

Hay veces en las que la vida, el destino, el azar o el nombre que quiera ponérsele a esa fuerza que todo lo acciona, desde el silencio pero también desde lo que llamaríamos la gran colisión, entreteje en una misma red encuentros necesarios, que quedan latiendo en una más allá del latido.
Lucas llegó desde el vacío de las puertas que a veces -sólo a veces- están abiertas. Lo único que hacíamos era anudarnos en silencio y en miradas. Cuando comenzamos a hablar, las letras salieron a borbotones.
La noche en que recorrimos juntos Edimburgo, una noche específicamente diseñada para que la palabra perfección no fuera suficiente, sentí algo desde él y en mí. Una fuerza, una gran colisión. La única tarea que nos asignamos fue perdernos entre castillos, estatuas y calles antiquísimas y locas, hasta ya no poder más. Solos, con frío pero con ganas, esbozando nuestras vidas y nuestras creencias, desnudando al otro aún cuando las ropas nos inundaran.
Llegamos a Calton Hill entre sombras y cansancio. El parque tiene una vista extraordinaria de la tierra y del cielo. Está ahí abajo la ciudad e incluso el Mar del Norte se puede llegar a divisar sin demasiadas dificultades. Y las estrellas, porque esa noche era inmensa y las estrellas se formaban con intensidad. No podría describir con suficiencia toda la situación. Lucas y yo, uno en frente del otro, en ocasiones de la mano o abrazados aún éramos prácticamente dos extraños. Pero, por alguna razón, ninguno de los dos sintió rareza en eso y mientras jugábamos a inspeccionar todo, más parecía que eso que ocurría era lo necesario, lo indicado, cómo decirlo: lo que era, sin discusión en ningún idioma. Edimburgo era nuestra conquista y nosotros éramos más dueños de nosotros que nunca.
Si ahora trato de recordar qué fue lo que pasó después, lo único que vislumbro con fuerza es a él diciendo que mi nariz estaba muy colorada, los dos bailando en la calle y la llegaba a nuestro hotel, en silencio y con cierta mezcla de querer extender ese momento para siempre, aun cuando un edificio novísimo nos anunciaba que el fin de esa noche había llegado.
Después, cuando yo ya intuía que los giros iban a separarnos y que nada más se podía esperar después de los días en Edimburgo, llegó una despedida tristísima en Cambridge, donde caminamos una ruta por aproximadamente media hora, entre llovizna, oscuridad, pausas y abrazos. Odio las despedidas y la suya, verlo y verme partir así, me resultaba injusta, insoportable.
En la puerta de mi casa los dos lloramos. Él dejaba mucho en mí y yo no podía devolvérselo, esa esencia que iba más allá del perfume o del recuerdo. Quizás haya sido la noche más triste de mi vida, pero el futuro nos imploraba continuar y nos jugaba una treta algo rara, pero eso lo supe después.

8.13.2009

Bruno

Prometí escribirle en cuanto llegara a Buenos Aires, me prometí a mí misma no olvidarlo nunca. Asirlo bien fuerte a la memoria y hacer, alguna vez y de alguna forma, algo por él. Quizás esto sea el comienzo de una idea, una acción que nace del deseo de bien, de las palabras que a veces pueden ponerse en pie y seguir.
Un niño espléndido, pero cómo decirlo así. Probablemente él no entienda por ahora mi idioma en muchos sentidos, aunque algo me dice que con todas sus cualidades bien podrá lograrlo pronto, muy pronto.
Lívia me contó que vive en un barrio alejado del centro de Río de Janeiro, lleno de injusticias y pobreza, donde los chicos sólo escuchan y se contactan con una cultura que parece estar, desde muchos sentidos y paradójicamente, alejada. Como si los niños y la cultura no pudieran o no debieran darse la mano. Esa mano que aquel día Bruno tomó para no soltar.
Me maravilló desde el primer momento: yo llegaba con mis valijas a cuestas, llena de ropa y cansancio y lluvia cuando lo vi, solo, en la habitación, leyendo y, de golpe, soltando una sonrisa impagable. Porque ustedes no creerían la calidad de sonrisa de ese niño. A tal punto que creo que nunca vi a una persona que sonriera así.
Sólo tengo dos fotos de él, fotos que en breve se modificarán porque a los 11 años todo niño cambia con un suspiro. Pero su avidez de conocimiento, sus ganas, eso no creo que cambie. Quería asir el inglés, intentar español, se pasó horas practicando con Larisa, Lívia y yo las formas de poder hablar algo, bien breve y con tantas ganas. Me contó historias de sus Carnavales, llenos de colores y alegrías en la ciudad maravillosa; me dijo de su padre y los viajes que él tenía que hacer; de Ana Beatriz, su hermana y de su madre.
Me dijo mucho más de lo que me dijo y a eso quizás vayan mis agradecimientos, mi necesidad de conservarlo así. A veces uno no necesita demasiado tiempo para entender algunas cosas. A Bruno quizás le lleve un tiempo descifrar mis letras, pero de seguro lo hará y me va entender, porque secretamente ya lo entendió desde siempre.

8.03.2009

Plenitud de las vocales huidas

A veces acaso sea mejor decirlo así, un poco etéreo, en un poco de silencio. Decirlo de a poco, tratar, aguantar el ruidito que nace desde acá adentro y largarlo como un pequeño soplido, un descuido o el traspasar leve de un estado a otro. No sé bien cómo decirlo porque ya sabemos que las palabras no son siempre todo. Últimamemente la escritura me ha abandonado y somos como dos amigas algo lejanas. Pero es que no puedo decirlo, porque es pequeñísimo e inexplicable como un corte de luz. Algo así, sí, como un corte de luz que me come las vocales. Vcls.
Pero es mejor de esta forma, sin cuestiones extraordinarias porque lo que digo, porque lo que siento es breve e intenso.
Alguna vez pensé que los mundos que me nacían eran delimitados, eran todo lo que conocía. Algo así como un conocimiento que llegaba hasta las fronteras. Pero después todo pasó y pasa y no sé ya como abarcarlo. Sólo un poco sentirlo y tratar de decir que lo tengo aquí, intentando desvanecerse en los rengloncitos, cayendo de momento a otro, para decirlo y respirar y sonreir así como lo imaginas en este momento: eso es todo lo que sé ahora y acaso sea hermosamente suficiente.