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1.18.2010

Luíza

Conocí a Luíza una noche que volvíamos de bailar en Cambridge. Ella vivía con unas amigas cerca de nuestra casa así que para dividir gastos decidimos ir todos en un taxi. Lo primero que supe es que Luíza desconfiaba terriblemente de los taxistas ingleses y que no quería pagar de más. El viaje ese se convirtió en casi pesadilla.

Desde esa noche, ella comenzó a estar cerca nuestro de alguna forma. Nos prefería a sus amigos brasileros y, de hecho, una tarde en Edimburgo se fugó con nosotras. Compramos un sandwich y en la puerta de una iglesia antiquísima, almorzamos las tres, con frío y ganas de charlar.

Era la única que nos hablaba en español y dejaba el inglés por un rato de lado. Así supimos que había vivido un tiempo en España, y después lo supe mejor cuando vi en su casa las miles de fotos que plagaban su habitación.

Luíza dice que está triste, que tiene saudades, esa palabra indescriptible y de la que tanto se jactan los brasileros, que significa algo así como nostalgia, pero no.  Saudades que le duelen, saudades de sus amigos que están tan lejos y de todo lo que el pasado le trae como recuerdo. A veces, la entiendo.

Cuando estuve en Río, ella fue la que me explico todos los caminos de la ciudad y compartió su familia, sus amigos y su casa. Lloró conmigo en su auto, fuimos al cine, disfruté de una tarde de té con su madre y sus primas y vi parte de su vida con una lupa.

Puedo escuchar su voz todavía y verla luciendo el pañuelo que le llevé y enseguida estrenó. Puedo ver a Lívia charlandome, a Bruno dibujando, a Beatriz vergonzosa, a Nino durmiendo en los pies de mi cama, a la mamá de Luiza, a Lina, a Diego en el aeropuerto, a Silvio en la playa. A todos allá, lejos pero cerca. Yo tengo que volver. Soy de las que vuelven todo el tiempo.

1.07.2010

See you later

No podíamos despedirnos así. No podíamos abrazarnos, llorar, decir see you later e irnos. Nos quedamos mirándonos un tiempo y decidimos irnos a comer. Kebab: el plato turco de carne a la parrilla en el Barrio Latino de París, un brasilero y una argentina.

Fue la última vez que comimos juntos. Yo no tenía hambre y él estaba antojado. Pedimos un té para mí y después le robé unas papas fritas que acompañaban al kebab. El té estaba servido a la perfección, calentísimo y con una vajilla especial decorada que él miraba.

Hablamos y nos olvidamos de que eso era una despedida, y también nos olvidamos de la hora, el subte, el hotel y los demás. No recuerdo querer llorar o pensar en decirnos adiós en ese entonces. Sólo apreciarlo una vez más, haciéndose amigo de todos, su calidez y empatía con el mozo, sin entenderse nada pero compartiendo una sonrisa y un tono del celular.

Afuera era de noche, no muy tarde –nunca tarde con él- y poca gente caminaba por la calle.

Cuando nos despedimos, sentí una desolación terrible. Como un quiebre de alegría y angustia juntas: nos abrazamos eternamente y lo miré bajar al RER en la Fountain Saint Michel. La gente pasaba por adelante y él se dió vuelta para saludarme con la mano. Puedo ver su mano y descifrar sus uñas aún hoy. Pensé en ese instante que debía correrlo, bajar las escaleras e ir en busca de él. Sentí que no iba a poder moverme más de esa esquina y que en cualquier momento iba a largar mi llanto. No pasó nada de eso, pero en un instante que no quería atravesar el mundo que no existía volvió a moverse y supe que estaba sola.

De vuelta al hotel eran sólo 4 cuadras y de golpe sentí música. No era de ningún lado, era una música triste y propia, que yo misma proporcionaba. Estaba sola y lloraba.