No podíamos despedirnos así. No podíamos abrazarnos, llorar, decir see you later e irnos. Nos quedamos mirándonos un tiempo y decidimos irnos a comer. Kebab: el plato turco de carne a la parrilla en el Barrio Latino de París, un brasilero y una argentina.
Fue la última vez que comimos juntos. Yo no tenía hambre y él estaba antojado. Pedimos un té para mí y después le robé unas papas fritas que acompañaban al kebab. El té estaba servido a la perfección, calentísimo y con una vajilla especial decorada que él miraba.
Hablamos y nos olvidamos de que eso era una despedida, y también nos olvidamos de la hora, el subte, el hotel y los demás. No recuerdo querer llorar o pensar en decirnos adiós en ese entonces. Sólo apreciarlo una vez más, haciéndose amigo de todos, su calidez y empatía con el mozo, sin entenderse nada pero compartiendo una sonrisa y un tono del celular.
Afuera era de noche, no muy tarde –nunca tarde con él- y poca gente caminaba por la calle.
Cuando nos despedimos, sentí una desolación terrible. Como un quiebre de alegría y angustia juntas: nos abrazamos eternamente y lo miré bajar al RER en la Fountain Saint Michel. La gente pasaba por adelante y él se dió vuelta para saludarme con la mano. Puedo ver su mano y descifrar sus uñas aún hoy. Pensé en ese instante que debía correrlo, bajar las escaleras e ir en busca de él. Sentí que no iba a poder moverme más de esa esquina y que en cualquier momento iba a largar mi llanto. No pasó nada de eso, pero en un instante que no quería atravesar el mundo que no existía volvió a moverse y supe que estaba sola.
De vuelta al hotel eran sólo 4 cuadras y de golpe sentí música. No era de ningún lado, era una música triste y propia, que yo misma proporcionaba. Estaba sola y lloraba.

