/E.
El juego, una vez terminado, consiste básicamente en dos extraños que alguna vez han chocado manos, por decirte algo.
Ese es el destino que se nos impone, saludándonos en pocas ocasiones luego de, como dos personas educadas que somos, como si un puente nos hubiera congregado por un minuto mejilla con mejilla y luego más abismo.
Es verdad, la vida no suele darnos chance de no recordar y todo presente pareciera poco para tal pasado. Vos decías que uno debía olvidarse de las cosas, pero no te creo y no te sigo en eso.
Me pregunto dónde estará mi aro perdido y encontrado vergonzosamente en tu habitación. Sabrás que poco tiempo después habría de perder el otro, y que esa pareja al igual que la nuestra, estaría a millas de distancia ya para siempre.
A veces te recuerdo como formula perfecta de la tranquilidad, de la comodidad que tanto buscamos y claro que encontramos; como el niño lindo que eras a los 10 años y luego a los 17; o bien como una golosina que ingenuo mandabas a darme en una clase de gimnasia.
Sufrimos (por así decirlo y exagerando las posibilidades de la palabra) las burlas típicas de los compañeros del colegio que presentían algo en esa etapa donde también nosotros éramos parte de los que jugaban a decir amor y sentirlo de la forma más grandiosa. No teníamos esta conciencia atroz de cuerpo y mente, sino que nos limitábamos a lo esencial, a lo ingenuo y lo niño.
Tu madre te iba a buscar todos los días al colegio, la mía también. A veces venían con nuestros respectivos perros, esos que después por ejemplo, tratarían de suicidarse por una escalera que conducía a tu habitación (hablo del tuyo, el mío siempre quiso vivir).
Parte de nuestra infancia y adolescencia nos odiamos mutuamente. Yo despreciaba esa cadenita con un dije corazón en la que habías gastado todos tus ahorros, o al menos así me dijeron mis informantes en ese entonces. Vos formabas parte del grupo de compañeros que no me querían por una razón o por otra. Pero luego borrón y cuenta nueva, palabras, momentos que serían meses, quereres. Eras divertido, sonriente (de hecho, yo había descrito tu risa minuciosamente), eras la causa y el efecto.
Qué se yo, te quise así.