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6.11.2011

Fotos robadas

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 Él se apoderó de mi imagen. En la antigüedad, muchas personas creían que la fotografía era una forma de robar el alma del retratado. Quizás por eso no conservamos registros del todo populares. Pero eso es sólo una teoría que se me ocurre ahora, después de haber sido fotografiada muchas veces, de muchos colores, con cuantos flashes y copias impresas.

Yo tengo un alma. Pero él se apoderó mi imagen desde el primer momento. No sólo desde una o muchas cámaras preciosas que cargaba a todos lados. Lo hizo desde un lugar muy profundo, que ahora veo a la distancia.

Cuando me sacaba una foto, yo no hacía más que crearme una sensación de espontaneidad que en verdad no existía. Algo de mi cara le interesaba y usaba diversos lentes y cosas que no entenderé. Después, mostraba esas imágenes a todos. Era un amante de las fotos. También yo lo soy e hice lo mío con su imagen. 

Sin embargo, siempre tengo esa manía humilde de no sacar demasiadas fotos. Uno se arrepiente. De cada diez fotos mías, hay una de él. Y cómo lo lamenta una después que vuelve a la tierra inicial y está lejos de él y de su ser retratable.

Nunca pude ver sus fotos. Él se apoderó de mi imagen. Y lo creo desde lo más profundo y antiguo de mi ser. Desde entonces, no fui la misma que salió en las fotos de otros. Hay 500 fotos que me tienen encerrada, que no vi, en donde no me rescaté. Donde no me di la mano y me dije: volvé, nena.

Estoy ahí. Esperándome en las fotos robadas.

 

6.07.2011

El vestido naranja

La secuencia de la noche en que mi vestido naranja comenzó a ser mío fue así: llovía en Nothing Hill y casi era de noche, pero no podíamos irnos sin investigar un poco el barrio. Mercados, antigüedades en la calle, y muchos negocios simpáticos. Cuando lo vi, supe que ese vestido era mío. Gasté 17 libras y me lo probé encima de toda la ropa que tenía con minuciosidad.

París, noche de febrero helada. Fiesta en un barco a orillas del Sena. Mi vestido naranja moviéndose al ritmo de canciones electrónicas. Mi vestido naranja bailando con el chico La Vie en Rose cantada a cappella al llegar a la fiesta. Mi vestido naranja, aún naranja, volviendo en el subte al Barrio Latino a las 5 de la mañana.

La suerte. ¿Qué es la suerte? Lo que une a mis historias con el vestido naranja y lo hace depositario de pensamientos mágicos y rarísimos. Cuando la gente lo ve, enseguida lo distingue. Todos tenemos esa prenda única que nos fortalece en algún costado de nuestro ser.

Buenos Aires, un cumpleaños. No conozco a nadie y me siento sola en un patio. Alguien demasiado misterioso habla conmigo toda la noche. Le llama la atención el vestido, le cuento todo. Me dice que parezco un personaje de animé y se rie conmigo. Se enrosca conmigo.

Buenos Aires, una noche. Cenamos con una amiga. Estoy triste. Estoy sola y a veces me duele. Pero esa noche, después de miles de vueltas, vuelvo a ver al chico. Vuelve a mi vida. Es, al fin y al cabo, después de París, Brasil, Buenos Aires, el chico que yo quiero. Cuando me saco el sweater, está mi vestido naranja. Después de todos los viajes y todos los tiempos, ahí enfrente tuyo. Con toda la suerte y las ganas de estar frente tuyo. El vestido naranja. El vestido de mi vida.