Ahora me acuerdo de las hojas de carpeta blanquísimas, los ojales que nunca usábamos, las hojas rayadas y cuadriculadas con una rigidez increíble en estos tiempos. De la lapicera de pluma, de las varias que llegaron a mis manos y nunca se rompían (Había una, una fucsia que yo amaba y era perfecta) De las muchísimas lapiceras de colores con las que trataba de imitar a las maestras que corregían con las mismas tonalidades. O del boletín que llegaba de vez en cuando, con las calificaciones de las que se deducía que se había aprendido todo y muy bien. Que había sido una buena alumna, prolija y felicitada.
Cómo amaba a ciertas maestras. Cómo amaba a ese pequeño mundo que fue esa casa antigua que era y es mi colegio por siempre.
Una amiga recuerda que hubo un episodio que no puede olvidar: nos habíamos reunido con la maestra Marina de primer grado, que usaba un perfume divino y unos rulos rubios y todas las marcas de ropa del mundo. Ella iba a contarnos en qué teníamos que mejorar. A cada uno. Y nosotros esperábamos recibir esa devolución, de veras nos importaba aunque teníamos 6 años y unos dientes pequeños y caibles al instante.
Entonces llego nuestro turno y ella decía "vos tenes que ser más atento a las cosas, vos tal otra cosa". Y cuando llegó mi momento,mi gran momento, ella sólo dijo:"Vos no tenes que cambiar nada". Y mi amiga dice que Marina me amaba y dijo que todos tendrían que seguir mi ejemplo. Risa. La verdad es que me causa mucha gracia que se acuerde de eso porque para mí nunca pasó, no hay registro en mi memoria y no entiendo bien cómo no lo recuerdo si era una especie de halago.
Estoy en la biblioteca elaborando una investigación de la que no consigo pasar la escritura de tres páginas por día. El reggaeton me ayuda, de una forma muy extraña, en mis oídos. A diferencia de lo que podría predecir, me hace escribir más rápido, me estimula. Al lado mío, un loco que ya es conocido por estos lugares mueve rápidamente su cabeza y escribe en tickets de subte o habla solo. Quiero saber qué lee pero no llego a percibir. Y en frente mío, ella, la que me recuerda a mí aunque es ya una mujer grande y yo sigo pequeña, que viene a leer un libro para su secundaria que evidentemente no finalizó.Se trata de "El señor Presidente" de Miguel Angel Asturias, en una edición Losada viejísima. Y tiene una pluma, de esas que ya nadie tiene o usa, y tiene esquematizadas las tablas de los verbos conjugándose, mientras se conjuga afuera todo un mundo.
Vos caminas por una calle de nombre raro, te rascas la cabeza, pensas que yo estoy loca, o Lucía llega a su casa por fin y toma el ascensor maldiciendo a esa luz horrible que tiene y nos hace sentir feas, o Regina Spektor se levanta llorando en Rusia o mi amigo brasilero trata de encontrar la forma de traducir al español la misma palabra que ahora escribo y siento, o siento y escribo. Saudades.

