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4.15.2010

Encuentro con un chico sin nombre

Hoy conocí a un tipito singular. Me llamó la atención la forma en que me hizo reír. No reía así desde hace unas semanas. Tenía una ideas preciosas sobre la organización de las masas y el proceso de toma de conciencia de la sociedad venezolana, las organizaciones sociales y  las minas explotadas a cielo abierto. Lo escuché con ímpetu y le di mis opiniones bien delineadas aunque con desencuentros un poco menores.

Critiqué a los de la FUBA y resulta que él me dice que había estado protestando de manera pacífica en ese justo acto que ahora yo marcaba como innecesario. Nos reímos mucho. De nuevo. Y un poco secretamente, mientras ellos discutían de Habermas y los coloquios, sentí que admiraba de veras a esas personas que sabían encontrar la conexión exacta en la risa. Como una fundición de todos los sentidos en pos de una sola carcajada.

Hacía frío en las pocas cuadras que caminamos desde la biblioteca al bar. Hacía frío y viento y lluvia y un poco yo estaba reparada por una bufandita tejida del año pasado, una cosa delicada  y mon amour. Él llevaba una campera negra, unos pantalones verdes de campo y unos ojos celestes precisos de joven de cuarto de siglo.

Al tiempo nos despedimos, con muchas otras cosas que hacer, con cierto gusto de buen encuentro y hasta mucho luego.