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4.23.2010

Cambridge o el eterno retorno

La noche en que dejé Cambridge puede ser descrita de muchas formas. Un evento puede ser visto por muchas personas con enormes y distintas versiones de los hechos. Hay planos, cortes, detalles que tomamos o dejamos. Hay obviedades que no decimos y hay cosas que decimos pero nunca han pasado. Hay millones de mentes que imaginan lo que pasó y nunca van a poder asir la misma versión. Pero sólo hay una, que es la mía, que delimita esa despedida -que siempre creí- última de él.

Y la puedo decir muchas veces. La puedo pensar desde tantos lugares,en tantos tiempos y registros. Esa capacidad me da miedo. Miedo por el recuerdo de lo que fue, esa deformación gratuita e inesperada de lo que aconteció. Pero sin ese lugar, establecido, delimitado, acotado por la mente, todo es ausencia.

Entonces caminábamos por una calle oscurísima. Éramos tres. Éramos millones de despedidas en la mente y más allá o más acá de ella, en el cuerpo. No se olvidan los cuerpos.

Era una calle larguísima. Por suerte, larguísima. Un tramo de esos que uno camina tan lento, tan lento, sabiendo que hay que captarlo todo porque es la última vez. Que hay que abrir los sentidos tanto como los sentires. Y yo sentía mucho de tantas formas.

No lo olvido. Había en el asfalto miles de luces que indicaban la dirección, el piso, las líneas en donde caminábamos. Todo era casi oscuro. Casi invisible y silencioso. Sólo nuestras voces y algún que otro auto que pasaba hacia Oackington. Llovía. Un poco, un poco más. Parecíamos estar en otro planeta y quizás eso haya ocurrido.

En algún momento, lloré de forma mínima. Él tomaba mi mano y yo me aferraba como una niña. Pretendía que algunas lágrimas fueran gotas de lluvia y me rascaba como una tonta que quiere disimular lo inevitable.

Hubo un momento en que él hizo que frenáramos. Lo hizo y quedamos solos. Cara a cara. Nos dimos un beso que nos hizo retrasar unos pasos. Todo era silencio y lluvia y adiós. Siento esa tristeza aún hoy, después de tanto que pasó.

No sabíamos bien qué decirnos o no decirnos. Él hablaba de cosas del viaje. A veces, no decíamos nada. Al día siguiente estaría yo en Londres y él esperando para irse a Irlanda. Nada parecía ser diferente de lo que era. Éramos, a nuestra manera, sinceros. Nos abrazamos miles de veces y caminamos tan despacio como nos fue posible para nunca llegar a la casa en que nos hospedábamos. Casa que nos albergaba y a nuestro equipaje ya listo para partir y dejar la ciudad y dejarlo a él y dejar eso que esa noche, como algunas anteriores, yo sentía manifestarse con emoción.

A veces, algo se me aparece. Un recuerdo que eclosiona contra el presente, un gesto, un olor, una palabra. Porque esa noche, en el momento final en frente de la casa, él me abrazó tanto que dejó su perfume en mi buzo. Y yo usé ese buzo luego como quien lleva un tesoro secreto que nadie conoce y probablemente nunca lo haga como yo. Como quien es una cursi y extraña y no presiente que lo que va a pasar es inesperado y nada es una despedida. Sino un hasta luego. Sino una apertura. Como siempre lo fue. Como siempre lo es.