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9.01.2007

Las vidas que me pasan: Berta

Berta era de las que uno conoce grandes y siempre son grandes, por no decir antiguas pero no más del límite hacia la no existencia. Tendría pocos años cuando vi a Berta por primera vez y con el paso del tiempo ella era siempre en apariencia la misma.
Según muchos en el colegio, era la encargada de asesorar a las profesoras de plástica, pero nunca creímos demasiado en eso o quizás yo no lo creía y lo expando a los demás. La ultima vez que la vi llevaba bastón y vestía elegantemente como siempre: tacos infaltables con una clase magistral, paso tras paso, siempre oscuros marrones negros grises pero altos, sus trajecitos opacos y entallados en una silueta que no perdía y probablemente tampoco buscara, y su pelo rubio encastrado en un mismo lugar sin una pizca de diferencia. Tengo la cara de Berta presente como la de muy pocas personas. Llevaba anteojos de ver, quizás el arte se lo exigía. Su piel era arrugada pero conservaba una expresión de bondad enorme, su piel le había dejado a través de los años la huella infaltable de la alegría. La alegría había triunfado. Sé que Berta fue feliz, y lo sé como suposición pero también como señal que ahora me alcanza y me hace pensar que sí, que aun sin haber sabido mucho o nada de su vida, cierta invasión privilegiada la acompañaba gesto tras gesto. Puede ser que sus ojos marrones, su boca, sus pómulos ajados pero frescos, livianos, atentos. Hablaba con un tono cálido, muy cálido y su voz era del tipo vibrante que a veces se oía y otras no. En los últimos encuentros, Berta había entrado al aula a decirnos unas palabras sobre el proyecto de arte (porque en mi escuela siempre había anualmente un proyecto donde todos –o los más dados- nos abocábamos, perdíamos clases preparando las carteleras entusiasmadísimos, entregadísimos los menos, aprovechando a safar de lengua o matemática, los más). En esos momentos, Berta y su bastón disponianse a hablar pero sé, lo sé con una tristeza enorme, que no muchos compañeros la escuchaban. Quizás un poco por su tono de voz, que daba a confusión, nos perdía y aun sin estas justificaciones también habrían encontradose otras, por lo cual y en conclusión, Berta no le llegaba a nadie en ese presente, pero quizás ahora, pasado el tiempo una mirada, una arruga, una sonrisa sea Berta. Berta que vuelve desde no se sabe donde, pero regresa a felicitarnos –tal como solía hacer-, a escribir una nota positiva que alguien seguramente tendrá y no lo sabe o a caminar por ahí siempre con alguien a sus costados.
Una pena que no la escucháramos. Sé que esa mujer sabía mucho, también que era muy dedicada y que su papel en nuestro colegio no estaba muy definido. Algunos pensábamos que era asesora, psicopedagoga (¿o esa era Nilda?), instructora, o quizás meramente la visitante Berta, privilegiada por sus años y acompañada aun por su mente.
Berta andaba en las sombras, según nuestro imaginario de pequeños alumnos. Era como si estuviera y no, como si la recordáramos con cariño y por qué no decirlo, con un poco de gracia, pena y mezcla de cosas más.
No había en realidad una relación conformada, salvo su existencia desde algún lugar, quizás controlando ciertas cuestiones. Solo una imagen, un fantasma del cual sabríamos a veces, muy pocas.
¿Cuál seria la alegría de Berta? ¿Qué habría detrás del bastón? ¿Cuántos años tenía y cuantos tendrá?¿Seguirá teniendo años? ¿Se tienen años cuando ya uno no los puede contar?
Uno siempre siente esa certeza de saber para qué existe alguien en la vida del otro. Una presencia configura inmediatamente un lugar, una función definida. Como si de todos los universos, el nuestro debiera decir vos sos el maestro, vos la amiga, vos el jardinero, la directora, la señora del micro, y así. La posición extraña de una persona que estuvo, y por tal razón, se asentó en el mapa inquieto e inconstante de nuestra vida, sugiere que se le encuentre el espacio. No importa el tiempo. No importa si ayer u hoy, si hace 10 años. Berta ¿dónde iba Berta? Le asignábamos lugares, posiciones administrativas y nunca sabremos realmente para qué estaba, para qué venia a vernos de vez en cuando, qué le atraía, si era su trabajo o qué. Uno busca la certeza, uno debe ubicarla. Por eso pienso y pienso en ella, claro. Por eso imagino, supongo, me conformo o ni siquiera llego a.
Berta difuminada a través de los años, vuelve con su presencia a ubicarse entre el olvido y más acá. Sale del pasado a vengar que no hemos de nombrarla como a los demás profesores porque en realidad no sabemos si ella lo era. Sale a delimitarse o nosotros a darle lugar –quien acciona es misterio también-. Berta y su felicidad y su bastón claman un espacio inmóvil, un hueco ya no llenable, un poco de la atención que no se le fue dada ahora que ya tiene voz, que es la voz del pasado.