A los psicólogos les está prohibido hablar de sus pacientes. Secreto profesional, le dicen, y miran para otro lado. Pero a los pacientes, a los que vamos y nos analizamos no nos está prohibido nada.
Conocí a Cecilia en un momento especial. No escribiría de ella, aunque pueda, si no fuese porque fue una especie de luz en mi vida. Me acuerdo de su consultorio, frío, con una biblioteca precisa que yo miraba cada vez que hablaba para descifrar qué había ahí adentro. De los pañuelos que tenía ahí para todos nos, los llorones constantes.
Siempre me miraba al espejo que había a mi lado. ¿Quién era esa que hablaba con Cecilia? Yo siento que cada vez que me iba- a veces más que otras- una nueva fuerza o una energía mental se transformaba hacia un mundo mío.
Cecilia hablaba de una forma bella. Yo puedo escucharla ahora. Habia algo en su voz,una cadencia. A veces escribía y me miraba con una intensidad que yo pensaba que podía conocerlo todo, aunque nada fuese dicho. Cuántas palabras he dicho y han dicho todos los que pasan a diario por el consultorio de Cecilia.
Yo no sé, pero hay gente que puede verdaderamente tocar las vidas ajenas. Por qué, no lo sé. Pero sea cual sea esa respuesta, merece todas las palabras buenas del mundo.

