A veces creo que la vida marca sus caminos a través pequeños gestos. Esos caminos se convierten así, y de alguna manera, en lugares donde ocurren los movimientos esenciales de una vida y desde donde, después de cierto tiempo o memoria, algunas cosas comienzan a verse desde otras perspectivas que las resignifican.
Me refiero a los gestos. Guías que marcan el momento preciso en que uno presiente que eso es correcto, cuando hay una seguridad muy íntima de que aquello que sucede tiene una trascendencia mayor a la media.
Ocurrió una noche en Cambridge cuando vi que él hacía un movimiento específico que sigo viéndolo aún hoy. Puedo olvidarme del nombre del lugar, de cómo estábamos vestidos, de qué día era, pero no puedo dejar de ver sus manos posicionadas en frente de su pecho, como un baile.
Pasó el tiempo y él cambió mis momentos de una manera bien singular. Tiempo después, otra noche de este lado del océano, una persona volvió a hacer ese gesto. No se llamaba igual, no se parecía, no esperaba nada de él y nada tenía que ver con mi vida entonces. Pero vi ese mismo movimiento sutil de sus manos que marcó una vez mi camino y lo supe. De una forma muy velada, casi invisible, algo en mí entendió un mensaje. Y ese mensaje, con el tiempo, me dio mucha felicidad.
Como una cadena de positividades, una se deja llevar por esas cosas. No de una forma activa ni ciega. Son como un código que aparece y desaparece en segundos, una no lo espera pero lo captura y lo amarra en cierto lugar. Puede que no se note en el momento, que una hable otro idioma o silencio.
Así suceden cada vez y no son descifrables más allá de quien los cree o tiene sentidos para ellos. Pero cuando las uno en ésta, mi historia, llego a creer que eso es y será magia.

