6.02.2008
En algún lado
El hombre anda por las calles. Ellas son grandes tubos que lo encaminan hacia quien sabe dónde. Pero más acá de eso, el hombre enebra sus palabras, primero las letras, una tras otra. La palabra y el silencio. Aunque no dice nada y vos podrías verlo caminar. El hombre ya es un enorme tejido que se estira y desborda. Su boca, la aprieta, la hace añicos. Pero todo sigue igual al final de la calle. Los subtes suenan a muros, el sol huele a pepino y las gente son como hormiguitas que han conseguido su alimento diario y vuelven a sus caminos de retorno. El hombre imanta sobre sí el sonido. Este rebota, se conjuga en las paredes y llega a creer que de pronto todo sonido es movimiento tenue, específico pero casi imperceptible. Se siente bien por este pequeño descubrimiento y ahora es todo melodía. Sus manos son liberadas y yacen en compañía de otras manos descompuestas, hormigas, asfixiadas de olores y superficies sucias habitadas antes por manos pasadas. El hombre entiende así, en su asco débil y no suficiente, que ha pasado de un túnel a otro túnel, pero que no ha dicho palabra. O que por hoy las ha dicho todas, en algún lado aunque no sepa bien dónde.

