Después del ruido y las cosas solamente es un túnel. Un movimiento de poca luz y cabezas moviendose en marcha. No miramos afuera. Afuera no hay nada. A veces, a lo sumo, una puerta pequeña, misteriosa de un color frío que se abre. Ocurre que al mirar, entonces la luz proveniente del vagón ilumina nuestra propia cara. El afuera no sale de aquello que somos nosotros. Siempre fuimos todo, sólo que no lo vimos. Un circuito sin separaciones posibles.
Salimos del túnel y la luz nos borra. Tanta luz nos borra del espejo temporario. ¿Qué se ve? Cientos de ladrillos apilados, obreros trabajando en las vías, aerosol estampado en los huecos blancos.
Hace tanto que está todo esto y pienso que hace tanto que está todo igual. El camino es quizás y por alguna suerte el mismo.
Nadie dice nada. Los más duermen, cansados de un semi día pequeño pero largo y que se arrastra. Nadie dice nada. En general, el silencio se adecúa a estos ruidos de las vías, a los pensamientos, quién sabe.
Alguna gente viaja siempre y entonces pensamos si ya conocen de memoria este corredor veloz, estos olores vivos, la voz del vagón o si acaso alguna vez han abierto sus ojos.

