para Mariana A.
Nos juntamos a desayunar y las charlas entre nosotras caminan como en una peregrinación. Nunca sabemos qué hay al final de las palabras intercambiadas pero lo hacemos con la fe de los que creen.
Yo la escucho enormemente. Ella me dice cosas que muy pocas veces saca a pasear. Se alivia. Quizás, se alivia. Por lo pronto, siempre pido lo mismo. Un sandwich y que Mariana no calle. Su voz se difumina en torno a un aire que no ha de moverse con frecuencia. Entiendo que cada uno de sus rulos posee historias infinitas y que si ella alguna vez los soltara - o si lo hiciera con más frecuencia- pronto se percataría de ello.
Mariana tiene un don. Como diría Capote, también tiene un látigo. Su don consiste en saber hablar y escuchar como si el silencio le habitara cordialmente. Lo que eso trae aparejado, es decir, su látigo, es todo lo que esos diálogos,dejando de lado al silencio con un cachetazo, le generan. Las letras comienzan a diluirse antes de poder ser entendidas. Sucede lo mismo con el azúcar que agregamos al té. Nace una maraña ante sus ojos, se cuela y Mariana termina sus frases como un "no sé". La azúcar sólo deja el gusto.
Pero ante eso, nosotras aun creemos en ello. Ningún Dios es tan visible.

