Hoy abrí el placard y cayeron, como caen las hojas y se cae mi pelo, unos papeles del secundario. Siendo más específica eran unos trabajos prácticos. Allí un profesor al que adoro y más que nada, adoré, me había escrito que merecía un diez, pero por no entregarlo a tiempo me bajaba la nota. Recuerdo casi muy bien ese momento, a veces -y solía pasarme- no tenía ganas de hacer nada. Pero él me contemplaba mucho, o todo, mejor dicho. ¿Por qué? Supongo que Marcelo sabía o creía en "mis capacidades". Se enojaba cuando le decía la carrera que había elegido y más me enojaba yo por su enojo. ¿Qué me quería decir? Él argumentaba que yo "estaba para otra cosa". Y yo internamente lo sabía, pero quién saber por qué quería cambiar esa predisposición hacia lo humanístico.
Después de levantar esos trabajos que yacían a mis pies, como diciendome: "ésta es tu evidencia, guardala", me acordé la vez en que la profesora de Periodismo en su momento me llamó ante la clase, me entregó una nota que habia hecho -y ojalá caiga ante mis pies, porque sino deberé ir en su búsqueda- y dijo algo así como: "Este texto es excelente, por favor, aplaudamos a J." ¿Aplaudamos? Recuerdo que pensé, y en seguida oí los ruidos típicos de una risa, que era mía, y de las manos golpeandose, que eran de los otros. No era tan consciente, supongo que porque era más chica, y siempre fui un agradada de mierda. A veces lo sigo siendo, pero por suerte, menos.
La vida sola calma esas actitudes.
Ahora, en mis últimos trabajos ya en la universidad, también obtuve doble diez. Estaba feliz. Sentía un poco a mis humos elevarse,pero la mente fue más fuerte. Mejor así, creo.
Entonces lo que me pregunto es: ¿Cuál es la vara con la que siempre se mide eso? ¿Está correcto que así sea?
Creo que deberé atenerme, hasta que se demuestre lo contrario.
6.11.2006
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