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6.10.2012

El niño belga



Encontrarse con un niño belga en un panorama desconocido, ante el verde belga del campo, ante el sudor porque una llega con lo justo a un tren, llega con el peso de su enorme valija y el peso también de tantos días corriendo y perdiéndose por ahí.


El niño belga me mira y sonrie y sé, en ese momento minúsculo, que nunca podría olvidarlo. Que sin importancia real en mi vida, con su sola carita y los anteojos algo rotos, el niño belga crecería en mi recuerdo hasta llegar hasta las palabras. El niño habla un francés de lo más entendible junto a su papá, que está a mi lado y también me mira simpático y hace un gesto o dice -ya no recuerdo- algo sobre mi belleza. 


El niño belga tiene apenas 6 o 7 años pero ya sabe lo que el padre dice y se sonroja y entonces ya me mira con vergüenza. Los cachetes colorados, la mirada que va y viene sobre el vidrio sucio de una ventana, ante el verde belga del campo.


Como por casualidad, unos días después lo vuelvo a ver. Esta vez, esta parado con su papá en el andén esperando otro tren. Me pregunto dónde van, qué hacen, qué llevan en la bolsa y qué hablan en ese momento. Los miro detrás de mi ventana, en otro tren que está pronto a partir y que vuelve hacia un lado donde ese niño belga no está, pero de alguna forma estará siempre.