No lo va a conocer. Quizás nunca lo conozca y por eso decide escribirlo. Quizás esa sea la motivación última que grafique toda su vida. Nunca va a conocer a nadie tanto y necesita llenar esos silencios con estas palabras.
Lo encontró hace años cuando era bien joven y escribía cartas. Muchas cartas. Le fascinaba Mattia por una sola razón: su letra. Escribía con una caligrafía enorme, prolijísima y llena de colores. Todos los meses, desde la pequeña ciudad veneciana de Mirano, Italia, un sobre llevaba su nombre. Nuevas noticias: Mattia por Europa, sus días, los viajes, el vóley. A veces, algún regalo inesperado.
Cuando Argentina se hundió, mucho antes de lo que se pronosticaba para Venecia y aún sigue en pie, ella dejó de escribirle. Mandar un sobre no sólo era un delirio sino un imposible.
Decidió entonces que Mattia se convierta en esto: un recuerdo fortuito de domingo a la tarde, un símbolo de curiosidades que nadie va a entender, un vuelo primitivo de cuando comenzaba a volar así.

