9.08.2008
India
A quince mil kilómetros un niño traga agua. Es un agua marrón, que habrá pasado por varias manos, varios pies y caras. Alguien habrá tragado también de esa agua. Agua que no has de beber. El niño no atina a cerrar la boca y todo el líquido entra por los orificios de su cara. Siente que no le queda nada, y aunque yo no sé pronunciar su lengua, siento internamente que ese niño, ese único niño sumido en la inmensidad secreta que ahora despliega la noche, grita. Nadie lo oye. Al hundirse, el niño piensa con inmediatez en sostenerse hasta que alguien lo escuche, alguien entienda su lengua próxima a partir. Cada vez que un hombre muere, muere con él una lengua. Una forma de decir, de expresarse y acabar con una pronunciación que él y sólo él podrá contener. No nos damos cuenta, pero en la muerte de un hombre también está la muerte de un lenguaje, de su particular forma de torcer los labios, de amarrar el aire que atenta con salir, la lengua sostenida. Todo eso se esfuma al igual que ahora, en este momento, y por última vez, el niño propaga su auxilio. El agua entra con rapidez, como el río en el que se ahoga, con la rapidez de la forma en que él hablaba con sus amigos, tan raudo que nadie lo entendía. Así es su muerte, carece de lentitud, hace honor a su lenguaje, se comprime en ese líquido que ahora entra a su boca.

