Nosotras las que nos reimos jugamos de verde en verde con nuestras alegrías. Cuando a veces todo es azul nos escabullimos con más ganas de las que nos faltarían y si en ocasiones lloramos, cuando lo hacemos, monsieur, es solo por una cuestión de falta de superaciones, de locuras indignas propias de unas señoritas como nosotras. Menuda seguridad al salticar por las calles cuando tomadas de nuestros brazos eleganteamos ciertas vereditas. Miramos a los señoritos con un aire entendedor que es totalmente engañoso. Usted vea: los engañamos. Tejemos esas redes minúsculas, difíciles que en vano después nos atan a una mano cuando nos vamos, pero ya es tarde.
Cúlpenos. Sepa usted entender: las que se rien así, es decir, nosotras, no tenemos demasiadas hostilidades para con el mundo. Somos buenas, o sólo malas con nosotras mismas. No hacemos un mal a los otros, pero es menester comentarle que a veces nuestras uñas largas se pliegan a las pieles ajenas y perdon perdon, monsieur, usted tan bueno...
Ay, ya no sé como decirle que somos tan pequeñas pero complejas, que no nos entenderían con las palabras, que canticamos los versos y las estrofas más dulces para que usted no nos escuche, porque al fin y al cabo, después de las luces solo querríamos quedarnos solas, tomando el té de las 4 de la tarde, riéndonos de usted, mi querido hermoso monsieur.

